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LA DEPRESIÓN INFANTIL TAMBIÉN EXISTE

30 Ago

LA DEPRESIÓN INFANTIL TAMBIÉN EXISTE

Más del 70% de los niños/as y adolescentes con trastornos depresivos no han sido diagnosticados correctamente ni reciben el tratamiento adecuado. Esto es debido a que no presenta sintomatología clara y se enmascara con otros trastornos. Diferenciándose así de la Depresión Mayor en adultos, donde predominan los síntomas afectivos de tristeza y apatía.

La depresión infantil presenta síntomas diferentes en cada etapa de la infancia. Por ejemplo, en menores de 7 años, debido a la limitada capacidad para comunicar emociones y pensamientos negativos, se tiende a la somatización, presentando síntomas que se traducen en quejas o molestias difusas, cefalea o dolor abdominal. En la adolescencia, en cambio, tiene una evolución crónica y con altibajos, existiendo riesgo de persistir en la edad adulta.

Los principales síntomas clínicos acompañantes en la depresión infanto-juvenil son:

En menores de 7 años el síntoma más común es la ansiedad, manifestaciones de irritabilidad, rabietas frecuentes, llanto sin causa aparente y dolores de cabeza y abdominales. También pueden presentar pérdida de interés por los juegos, cansancio excesivo o aumento de la actividad motora.

En los niños y niñas de entre 7 años y la edad puberal, los síntomas se presentan fundamentalmente a tres niveles:
a) A nivel afectivo y comportamiento: irritabilidad, agresividad, agitación o inhibición psicomotriz, apatía, tristeza, y sensación frecuente de aburrimiento, culpabilidad y en ocasiones ideas recurrentes de muerte.
b) A nivel de rendimiento escolar: baja autoestima, falta de concentración, disminución del rendimiento escolar, fobia escolar, trastornos de conducta en la escuela y en la relación con sus iguales.
c) A nivel físico: cefaleas, dolor abdominal, trastornos del control de esfínteres, trastorno del sueño (insomnio o tener sueño constante), no alcanzar el peso para su edad cronológica y disminución o aumento del apetito.

En los y las adolescentes, los síntomas son semejantes a los de la edad puberal, y aparecen además, conductas negativistas y disociales, abuso de alcohol y sustancias; irritabilidad, inquietud, mal humor y agresividad, hurtos, deseo e intentos de fugas, sentimientos de no ser aceptado, falta de colaboración con la familia, aislamiento; descuido del aseo personal y autocuidado; hipersensibilidad con retraimiento social, tristeza, autorreproches, autoimagen deteriorada y disminución de la autoestima. En ocasiones pueden tener pensamientos relativos al suicidio.

Debemos estar atentos a los anteriores síntomas, sobre todo si existen algunos de los siguientes factores de riesgo: progenitores depresivos, abusos físicos y sexuales, conflictos entre los progenitores, desestructuración familiar, acoso escolar y consumos de tóxicos.

Sin embargo, existen también factores de protección que ayudan a un desarrollo saludable, como fomentar un buen sentido del humor, buenas relaciones de amistad, relaciones estrechas con uno o más miembros de la familia, valorar socialmente los logros personales, practicar algún deporte, participar en clubes escolares/sociales y acudir al psicólogo/a. infantil o al/la pediatra cuando existan cambios en la personalidad o el comportamiento del/la menor.

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Publicado por en 30 agosto, 2013 en Pediatría, Psicología

 

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